Aquello

Tarde te entiendo, en un interminable donde estás se congela la imagen. Te retengo, preguntas miles.
La vastedad, el miedo, el ahogo y la expectativa: cómo.
La profundidad, la ansiedad.

Todo toma cuerpo, está ahí.

Lo terrible.
La espiral infinita: Buscar lo insondable, intentar vislumbrar algo más allá; no encontrar nada. Retroceder, volver a intentar.

Indescriptible.
Al final de los días, volveré a entenderte.

Proceso

Se gesta, cada día, en el fondo. Es un latir constante, sutil, insidioso. Sé que estoy revolviendo recuerdos, perdido en un mar de cajas olvidadas y muebles abarrotados.
A cada paso, un nuevo rincón. En laberinto, todo se pierde, la noción se pierde.
Debo pasar por túneles cada vez más estrechos, algunos viejos conocidos, otros que nunca vi.
Y sin cesar el latir, sigo. Sé que está ahí, en algún lado. No es magia, es lógica: Esto funciona como el mejor artefacto de relojería.
¿De dónde salen tantos trastes?
De a poco, todo tiembla. Se siente al tacto el leve temblar de lo oculto, lo insondable. Estoy acercándome, alejándome.
Y entre tanto intrincado menester, se encuentra, encuentro al fin, lo que busco sin querer: Dentro de infinitos cajones concéntricos, entre los recuerdos olvidados y toda la vida pasada, atando miles de nudos descabellados, destrabando puertas. Allí está, lo veo claramente.
Y tanto lo veo, tanto nos vemos, tanto me ve que lloro, pura sangre y convulsión. Los ojos negros, la mente en blanco, los recuerdos todos, la estabilidad se quiebra, todo se viene abajo, el cuerpo tendido, el alma en pedazos.

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