Es en el recuerdo en donde yo más te extraño hoy, eternidades más tarde. Porque gracias a él es que ahora el té tiene tu aroma y el café tu sabor por las mañanas, gracias a él las baladas tienen hoy tu voz y los dulces tus ojos, la lluvia tu nombre y mi piel tu dolor. Es que en el recuerdo todo es tuyo porque el recuerdo todo es tuyo y mis recuerdos todos son de vos. Y es en el recuerdo que a veces pienso lo inútil que fui, lo agradecido que estoy, el miedo que tendré. Y es raro hoy recordarte, porque sé que volverás; mas creo que mi mayor temor está en saber esperarte sin dejarte ir.
Y es que esperarte, con tu gran recuerdo, me duele más que si nunca te hubiera recordado en primer lugar;
mas es por esto que te estoy agradecido.
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Hoy te llevaste mi todo y no te diste cuenta.
Saliste por la puerta, con el tiempo a cuestas y mis sueños en tu bolso de viaje
y ni adiós pude decirte; porque te llevaste mi aliento entre tus labios
y mis palabras en tus ojos.
No te diste cuenta, tampoco, que te llevaste mi descanso
y es por eso que pasada la medianoche te escribo ahora.
Creo que ni siquiera caíste en la cuenta que me robaste la confianza de una sola caricia,
creo que tampoco supiste ver detrás de mis ojos todas las lágrimas que te estabas llevando.
Y así, me coleccionaste en media hora,
me mandaste a guardar en una caja,
y me dejaste sin luz y sin aire, te los llevaste al cerrarla.
Y ahora, aquí estoy, a oscuras y asfixiado, sin dormir y entristecido,
esperando a que vuelvas, algún día
y me saques de este tedio cotidiano
y me lleves por donde prefieras a jugar un rato, a pasar el tiempo
y a ser feliz, de nuevo.
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Fue en tus caricias,
entre tus cabellos
que perdí sin querer un trozo de granito,
sin darme cuenta, sin saber cómo, menos aún dónde.
Fue en tus caricias,
por la noche
que recordé todos los colores,
sus tonos, sus sensaciones, sus rostros.
Fue en tus caricias,
entre tus besos de miel
que entendí todas las cosas juntas,
que el universo cupo entero en un abrazo sincero,
que todas las imágenes se volvieron una,
y todas las emociones se plasmaron en mis ojos.
Fue en tus caricias,
quién sabe cuándo
que te entregué mi sangre sin saberlo,
que me encontraste, tendido en bandeja de plata,
y que me robaste, ¡ay!, sin dolor
un poco de mi vida.
Y fue entonces, en tus caricias
que te llevaste esa noche
por un lado, la piedra que yacía a mis espaldas,
y por el otro, la vida;
que latía, tibia, en mis entrañas.
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Un día llegaste a mi puerta y te presentaste, "Hola, estoy aburrido" dijiste, y comenzaste a hablar. No sé quién te mandó, caíste como hoja en otoño y como lluvia en primavera; fuiste casualidad y causa, apareciste y ya era muy tarde, estabas ahí y todo estaba por ser. Creo, desde mi humilde posición, que fue así el principio de todas las cosas: Desde mi punto de vista, ese día; ese día en que llegaste; fue una nueva explosión creadora, la nueva naturaleza abriéndose paso entre lo viejo y malgastado, la renovación completa y profunda de todo el universo, el florecer del espíritu y el marchitar de las flores y de las frutas pasadas de temporada. Y en ese aleteo incesante, en ese fluír inevitable de las cosas que son como el río que fluye, que es y ya no es más, mataste a Parménides sin darte cuenta y desataste así el caos del cosmos y el cosmos del caos. Todo fue color y sombra, luz y negro, ruido, desastre y hermosura, todo fue nuevo y lo viejo se revalorizó; todo fue raro y todo fue, todo fue a la vez algo y dejó de ser otra cosa.
Y, en medio del todo,
detuviste el tiempo por un instante,
y me dijiste "Te quiero".
Y fue en ese silencio siguiente
en el que comprendí todas las cosas
y me dejé llevar.
Uno, dos.
El verano porteño me está matando. Todos los días veo mi aliento irse flotando, por sobre mí y por sobre las calles, para unirse con el del resto; deformando las imágenes a lo lejos, dándome esa ligera impresión de desierto que suele generar esta época del año en la gente. Los días, ahora, no solo son más largos sino que también son más ruidosos. La gente grita, ya no habla. La música aturde, los autos aturden, los trenes aturden, los teléfonos aturden, el silencioso sol aturde. Y quema.
Uno, dos, tres.
Eso sí: la luminosidad aumenta. En Verano, acá, todo brilla: Los rostros, los postes, las ventanas. Quizás sea eso lo que genere ese no se qué, ese aire expectante que aumenta a medida que se acercan las fiestas. Como todo gana luz propia ahora, todos parecemos un adorno de Navidad andante. Es ese mismo aire expectante el que aumenta, en parte, los nervios. Y todo en la caldera social entra en ebullición, de a poco: El mes del aguinaldo y las fiestas, los aumentos y el presupuesto, los exámenes las notas las vacaciones los trámites el auto la familia y las reuniones; el calor sofocante los regalos la ansiedad los llamados la casa sola y los chicos.
Unodostrescuatrocincoyseis, y el tiempo sigue:
Diciembre pasa, la gente se arremolina, la ciudad se despierta del letargo del Invierno y se despabila, el Sol arremete sin piedad cada vez que alguien abre los ojos, las horas se alargan y el tiempo falta cada vez más, se acumulan las tareas, se prolongan en vano los plazos ya de por sí muy cortos, se avecinan las tormentas del viento y del hielo, las nubes negras y las aguas turbias, todo junto en un tumulto tempestuoso de histeria y frenesí colectivos.
Uno, dos, tres: Diciembre está pasando por Buenos Aires.
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