Las palabras mueren en la boca, porque han perdido el destino.
Y las ideas, acorraladas, se amontonan se tropiezan se resbalan: se atropellan.
No logran salir de su jaula. Las invade la inanición.
Hay en este juego del infinito dudar una sola seguridad:
No se es nadie sin hablar, y no se habla si no se es nadie.
Entonces, para qué hablar?
Las palabras mueren en la boca, porque han perdido el destino:
No estás más.
En las decisiones, está la muerte;
porque un salto al vacío no es un intento de llegar a la otra orilla,
ni es un intento de volar: es un salto a ciegas,
es la súplica de hacer un paso más,
de atrasar el reloj.
No sólo el futuro es insondable,
también lo son las ramificaciones de cada remordimiento,
donde habitan las ilusiones perdidas.
Y en el medio, ahí en las manos,
sólo se puede ver el desengaño.
Todo lo tiñe color amargo,
sabor de arena, olor a sepia.
Del mal aliento brotan ya pocas palabras,
esas que no significan nada, las de siempre.
Las otras se fueron cayendo al abismo,
una a una, en cada salto.
Hasta las ideas se secaron:
de tan almidonadas por el tiempo, se quebraron.
Hoy no son más que migajas de lo que supieron ser.
El recorrido jamás se termina,
sólo porque es mejor que dejarse caer.
Con la piel seca, de cal
la caricia siempre deja una sensación de ausencia, de insustancial:
"No pienses en mañana", dice, pero al tacto ya no reconforta;
su consuelo sabe a sal.
Es que en el calor del verano, la sequía no vende,
el sacrificio no sirve,
el Sol ya no ilumina: ahoga, y el agua,
sólo el agua salva.
Pero ya no hay agua, sino el espejismo que armaste.
Sólo hay desierto,
la piel seca;
de cal, y de sal.
Sono queste ore di silenzio
che mi fanno pensare:
forse, due anni fa,
dovrei avere preso quel treno con te.