Encima mío todo el tiempo tengo las paredes, toda la habitación. El silencio profundo, el zumbido de fondo, el abismo, el ahogo. La opresión es densa, es espesa, me pesa en el pecho. La libertad es el ave que se posa sobre las rejas de la ventana cerrada, el aire que corre por las cortinas llenas de polvo, el Sol que aparece sobre los restos del naufragio flotando a la deriva en el agua helada del océano profundo. Y tengo, todo el tiempo tengo una lágrima pendiente del rabillo del ojo, dura, encarnada. Como un grano, como la pus de todo lo que se junta y no sale, como el dolor que uno intenta sacar apretando los dientes, apretando con los dedos hasta que sale pus, sale rojo, sale todo menos el grano que queda y no se va. La lágrima es eso, es la piel en carne viva, es la herida que no se va, que siempre está. Y la lágrima no sale nunca, me arde, me seca la vista, la siento como un resto de jabón que no se quita, la siento como el agua que falta cuando carraspea la garganta. Y me late, la angustia me late como si fuera sangre mía, como si fuera fisiológica, como si fuera real. La siento pasar como granos de arroz por mis venas que no soportan más el sedimentarismo en esta silla aplastada de tanto culo apoyado todo el tiempo enchufado acá. Y acá estoy, como todos los días, sin saber por qué. En la habitación, con las paredes encima.