Sombras
| .Es inexplicable. Una carrera tras el objetivo invisible de lo indefinido ante los ojos; tras del miedo en persona retratado en reflejos cotidianos escondidos en la mirada inconsciente. Es lo misterioso que nos rodea día a día, que nos persigue, que nos observa; es el eterno vigía y la risa tétrica del macabro destino tras las cortinas de lo inentendible. Y persiguiendo lo innombrable me hallé, en una ciudad en ruinas de desesperanza cubierta por nubes aplomadas de grisáceo y nauseabundo olor. Y en silencio la seguí, seguí esa sombra taciturna que me acecha desde mi nacimiento y me persigue en mis días de alegría, que se cierne sobre el techo en mi agonía matutina y reaparece en los días de soledad. La seguí en trance, la seguí de espaldas al horizonte mientras se reía a mis espaldas. Me condujo, esquiva, graciosa; tétrica como siempre, por pasillos oscurecidos por lámparas echadas a perder y por azulejos destrozados en guerras de sexo y manía. Mostrándome los altibajos más bien bajos de un feudo sin murallas construído hacia el cielo se reía; no paraba de reír. Y jugando a las escondidas me mostró cuán cruel es el ser humano en las peores situaciones; cuando hasta la más ínfima cuota de piedad desaparece ante la más mínima amenaza personal. Y mostrándome tantas sombras vi perdida entre las paredes una pequeña esperanza violada a sangre y fuego por el sadismo y la matanza; en un mundo capitalista, consumista, violento por la desesperación y la vanidad, el egocentrismo subido al trono de oro de quien no sabe pensar. Llorando me observaba, pero el tiempo no estaba de mi lado. Corrí como quien no vio tal cosa; corrí avergonzado de mí mismo, de la resignación con la que ejecuta el golpe fatal el verdugo del mundo. Volví a correr, y volví a encontrar mi objetivo, danzando alegre y cínico sobre la calle desierta que tiempo atrás supo ser vértebra de la poderosa humanidad. Resignado a más no poder me decidí a alcanzarla, y fue allí cuando el cielo se desplomó a pedazos y comenzó a gritar. Y caímos en el teatro de la ironía; donde el grotesco y lo absurdo se jugaban la vida de la mano de la soledad y del egoísmo. Rodamos escalera abajo, la velocidad incrementaba al compás de los latidos. Perdí la cuenta del tiempo; sólo sabía que debía bajar. De tan bajo que caímos conseguimos llegar al centro del teatro; al escenario de tantas matanzas indirectas que a fuerza de entradas de lujo encarnaron el desequilibrio en un asqueroso festín de tripas y cuerpos desvirgados. Las luces se apagaron, perdí la vista por un instante; y luego la recuperé y volví a mi trance: En el centro del escenario dos luces alumbraban lo innombrable, la causa de todos los males. Con los brazos abiertos me esperaba, sonriente, angustiante, y yo hipnotizado por su música silenciosa bajé uno a uno los escalones que faltaban. Y caído bien bajo, y al verla bien de cerca; sentí el miedo más grande que puede sentir cualquier ser humano. Aunque a metros, sentí su aliento, sentí su ser, omnipotente sobre todas las cosas y cerniéndose sobre mí como una sombra fatal. Intenté escapar, era demasiado tarde. Los escalones a subir eran muchos, eran cada vez más; y cada vez más grandes, y más largos, y más pesados. Y el tiempo se detuvo, y ella sonriendo; y yo muriendo de a pedazos recordé cada instante. Y aprendí tarde que las sombras existen y están allí siempre al amparo del desesperado; alimentándose de la desilusión más pequeña; creciendo y viviendo. Y sonriendo. Siempre sonriendo. |
| .Raziel. |
Labels: Poesía Narrativa
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