Con mi mente te pinto de todos los colores, te desparramo entre el mar de pinturas que tengo para darte; te desdibujo y dibujo una y otra vez para volver a pintarte; te embadurno a los golpes con todas las tonalidades que subyacen en mi alma; y te despojo constantemente de todo matiz propio que puedas haber llegado a lograr. Y sin embargo, no me conformo: Ahora te rompo. Te destrozo, a pedazos, uno por uno; para volverte a unir, de mil formas distintas cual rompecabezas de sangre. Te desarmo, te desuno; te desfiguro hasta volverte irreconocible.
Y te reconozco.
Por eso, no me queda más remedio que subirte a cuestas, en trozos, hacia lo más alto del mundo: Tu imaginación. Y allí, desde la punta del universo, te tiro cuesta abajo por la escalera retorcida hacia lo más profundo del abismo. Te vocifero, a los cuatro vientos, cada blasfemia prohibida que pueda llegar a ocurrírseme.
Y te observo, cuidadosamente y con miedo, derrumbarte una vez más.
Mañana, como todos los días, te levantaré. Te recompondrás, te pintaré, te arreglarás. Todo volverá a ser lo que fue ayer.
Pero dejame decirte algo: Los años pasan. Tarde o temprano, no habrá quien te levante.
Labels: Poesía Narrativa
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