Las palabras mueren en la boca, porque han perdido el destino.
Y las ideas, acorraladas, se amontonan se tropiezan se resbalan: se atropellan.
No logran salir de su jaula. Las invade la inanición.
Hay en este juego del infinito dudar una sola seguridad:
No se es nadie sin hablar, y no se habla si no se es nadie.
Entonces, para qué hablar?
Las palabras mueren en la boca, porque han perdido el destino:
No estás más.
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