En las decisiones, está la muerte;
porque un salto al vacío no es un intento de llegar a la otra orilla,
ni es un intento de volar: es un salto a ciegas,
es la súplica de hacer un paso más,
de atrasar el reloj.
No sólo el futuro es insondable,
también lo son las ramificaciones de cada remordimiento,
donde habitan las ilusiones perdidas.
Y en el medio, ahí en las manos,
sólo se puede ver el desengaño.
Todo lo tiñe color amargo,
sabor de arena, olor a sepia.
Del mal aliento brotan ya pocas palabras,
esas que no significan nada, las de siempre.
Las otras se fueron cayendo al abismo,
una a una, en cada salto.
Hasta las ideas se secaron:
de tan almidonadas por el tiempo, se quebraron.
Hoy no son más que migajas de lo que supieron ser.
El recorrido jamás se termina,
sólo porque es mejor que dejarse caer.
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