Diciembre

Uno, dos.
El verano porteño me está matando. Todos los días veo mi aliento irse flotando, por sobre mí y por sobre las calles, para unirse con el del resto; deformando las imágenes a lo lejos, dándome esa ligera impresión de desierto que suele generar esta época del año en la gente. Los días, ahora, no solo son más largos sino que también son más ruidosos. La gente grita, ya no habla. La música aturde, los autos aturden, los trenes aturden, los teléfonos aturden, el silencioso sol aturde. Y quema.
Uno, dos, tres.
Eso sí: la luminosidad aumenta. En Verano, acá, todo brilla: Los rostros, los postes, las ventanas. Quizás sea eso lo que genere ese no se qué, ese aire expectante que aumenta a medida que se acercan las fiestas. Como todo gana luz propia ahora, todos parecemos un adorno de Navidad andante. Es ese mismo aire expectante el que aumenta, en parte, los nervios. Y todo en la caldera social entra en ebullición, de a poco: El mes del aguinaldo y las fiestas, los aumentos y el presupuesto, los exámenes las notas las vacaciones los trámites el auto la familia y las reuniones; el calor sofocante los regalos la ansiedad los llamados la casa sola y los chicos.
Unodostrescuatrocincoyseis, y el tiempo sigue:
Diciembre pasa, la gente se arremolina, la ciudad se despierta del letargo del Invierno y se despabila, el Sol arremete sin piedad cada vez que alguien abre los ojos, las horas se alargan y el tiempo falta cada vez más, se acumulan las tareas, se prolongan en vano los plazos ya de por sí muy cortos, se avecinan las tormentas del viento y del hielo, las nubes negras y las aguas turbias, todo junto en un tumulto tempestuoso de histeria y frenesí colectivos.
Uno, dos, tres: Diciembre está pasando por Buenos Aires.

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