| .Se abrió el telón. Se encendieron las luces. Todas las piezas estaban en su lugar. El ajedrez de la vida comenzó su partida contra el destino. Y el destino jugaba con blancas. Como un engranaje, como relojería de la más fina cada personaje dijo las líneas necesarias; y el conjuro comenzó sin que nadie cayera en la cuenta. El guión ya estaba escrito, la vida suplicó por tablas. Pero fue tarde, las marionetas estaban en medio de escena. Y colgando como muñecos de trapo que son llevaron a cabo su papel, tan acorde tan bien que ni ellos notaron lo que acababan de hacer. La Tragedia y la Comedia mismas se sorprendieron ante el avance de la Sátira, bien sádica bien cruel. Tres máscaras danzando juntas en una sala perdida en algún paraje inhóspito. Y observando, público fiel, la obra que se estaba desarrollando allí. Cada uno jugó su rol, cada uno fue su carta más preciada, su as en la manga. Cada uno gritó sus líneas, cada uno fue su mejor verdugo. Y el hechizo funcionó, la vida se declaró perdida y el rey cayó rodando por el suelo. Ya no había más que hacer, el final era inevitable. Y todos se sentaron en sus butacas, resignados como nunca. Se sentaron en sus butacas a ver la muerte más anunciada; a ver caer el sol y apagarse las estrellas. Se sentaron en sus butacas, acongojados, esperando la condena. La condena que todos vieron llegar.
La condena que nadie, nunca, supo evitar. |
| .Raziel. |
Labels: Poesía Narrativa
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