Desengaño

Un día llegaron. Nadie sabe bien cuándo, ni cómo. Menos aún, por qué. Lo cierto es que llegaron para quedarse.
Al principio, pasaban desapercibidos. ¿Quién iba a detenerse a pensar en ellos, que parecían haber estado allí desde siempre? Eran un tanto insignificantes, normales. Eran como todos los demás: Fugaces, espontáneos, propios. Y así lo fueron hasta que descubrí, en su mirada, cierto reflejo que me era familiar.
Creo que fue por accidente. Lo noté en un comentario al paso, sin importancia, que hice alguna vez. Como toda ocurrencia honesta e imprevista, propia, era ésta de origen inconciente. Y justamente eso fue lo más doloroso: Encontrar un reflejo ajeno donde menos debía estarlo. En el fondo de mis palabras resonó cierto eco de algo mucho más terrible de lo que yo podía imaginar. Y la duda se instaló en mí.
A partir de ese día, me persiguieron a todas partes. Iban ellos conmigo y a la vez iban tras de mí. De a poco fueron tomando posesión de todo: Mi hogar se vio abarrotado con sus preguntas, mis cosas impregnadas con su recuerdo. Mi reflejo ya no era único, era múltiple. Y así comencé a evitar los espejos. Tampoco mi voz fue mía por mucho tiempo. Al cabo de unos días, mis palabras tomaron un resabio amargo. Comencé a silenciarlas.
Finalmente, ellos se apoderaron de mi mente. Y son ellos quienes escriben ahora. ¡Si son ellos quienes, en el fondo, todo lo controlan! ¡Si son ellos quienes todo lo ven y quienes todo lo saben, siempre! Porque siempre estuvieron allí arriba, observando. Y en el fondo, yo siempre les tuve miedo.
Hoy han venido a buscarme.
Me han mentido. Los ángeles no siempre tienen la misma cara.

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