Los dos

Escondido, como una sombra.
Agazapado.
Detrás de una piedra,
sobre el techo, o debajo del suelo.

En rincones, vigilante;
en las esquinas observador.
Siempre al acecho
(o siempre acechado).

Mas es difícil, casi imposible
disimular el ruido de cada paso
el murmullo de cada respiro
y el aleteo de los párpados.
Imposible! Casi tan imposible
como el creer
que nadie te ha escuchado aún.

¿Qué hacer contigo?
No sé si matarte,
mostrarte cual show de circo
o mejor dejarte allí,
escondido,
agazapado en cada rincón
a donde me atreviese yo a mirar.

¿Realmente nadie lo ve?
Me sorprende.
Pensé que su presencia
era tan obvia como la mía,
pensé que su sombra tenía mi misma silueta
y su andar los mismos modos que el mío.

¡Alguien, ayúdeme! No sé qué hacer con él.
A donde voy, va conmigo;
donde no estoy, no se presenta.
Conmigo piensa, conmigo vive
casi hasta diría que vive en mí.

No sé desde cuándo. Sólo sé que está allí.
A veces me olvido.
Y otras
lo tengo tan presente, que siento su aliento aquí
como si estuviera hablándome al oído.

No es malo,
tampoco es bueno.
Simplemente es distinto, es otro,
es diferente a mí como cualquier persona;
aunque no sé si cabe en la palabra persona...
no sé si pasa de ser un mero ente.

Ente o no, aquí está otra vez.
Como siempre, lo dejaré ser
flotará, vivirá alegre
a escondidas de todos menos de mí.
Y cuando alguien vuelva a entrar al cuarto
se esfumará de repente, volverá a su escondite
a agazaparse en los rincones, cual sombra
a ser vigilante, a estar al acecho
a sentirse acechado.

Y mientras tanto, seguiré gritando por doquier
que conmigo viene él, el otro,
que alguien, por favor, lo vea
como lo veo yo
y me diga, si no qué hacer,
al menos
que no estoy loco.

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